Consejos para gobernar como -o notar si estas siendo gobernado por – un buen príncipe maquiavelico

Consejos para gobernar como —o notar si estás siendo gobernado por— un buen príncipe maquiavélico¹





Sobre el comportamiento general

1.1.   El Príncipe debe mostrarse comprensivo, neutral, justo y moderado… pero actúar según todos los consejos siguientes.

1.2.   El Príncipe debe utilizar principios e ideas simples y generales, y no distraerse con cualquier detalle.

1.3.   Debe pensar que él ha nacido para mandar y los demás han nacido para obedecerle; si no piensa así, debe dedicarse a otra cosa. Su primer objetivo es llegar y mantenerse en el poder, por encima de lo que le convenga al Reino: las opciones deben ser él o el caos.

1.4.   Es necesario que diga lo que convenga, pero que haga siempre lo que le convenga. Puede anunciar algo mil veces y no hacerlo nunca.

1.5.   El Príncipe tiene que recordar que prometer es gratis; y las palabras bonitas, también.

1.6.   Aparentar ser es mucho más importante que ser.

1.7.   Hacer que se hace es mucho más importante que hacer.

1.8.   No puede permitirse ciertos lujos, como el compromiso, la confianza o la fidelidad; no obstante, debe aparentar tenerlos.

1.9.   Tampoco puede permitirse tener sentimientos, aunque también debe aparentar tenerlos.

1.10.   El Príncipe debe decir frecuentemente que gobierna para todos, pero que sus hechos dejen sutilmente claro quién manda allí.

1.11.   Es necesario que acostumbre a su pueblo al surrealismo, porque así tolerará casi cualquier realismo.

1.12.   En los días ventosos, que acuda al lado de un molino y presuma de traer el viento que muele la harina del pan del pueblo.

1.13.   Tiene también que intentar sacar de quicio a sus enemigos, para después acusarlos de no mantener una mínima compostura y decencia.

1.14.   Dar a entender clara pero implícitamente a su pueblo que él nunca ha dado ni dará un solo paso atrás, y que siempre avanza hacia su adelante, es esencial para el Príncipe.

1.15.   Cuando el Príncipe opina sobre un tema, debe también, por si tuviese que apoyarse en ello, insinuar algo de lo contrario.

1.16.   Rara vez debe quedar constancia escrita de algo, el Príncipe debe despachar la mayoría de los asuntos en conversaciones de pasillo («pasillear» los asuntos, debería decirse).

1.17.   Si al Príncipe le ofrecen unas pocas monedas por su madre, debe venderla sin dudar ni un instante, porque nunca sabe cuándo le pueden hacer falta esas monedas.

1.18.   El Príncipe debe dominar el arte de matar con cariño.

1.19.   Hacer máximo lo que se recibe y mínimo lo que se da: ésta debe ser una directriz principal de la conducta del Príncipe.




Sobre tus súbditos

2.1.   Si los súbditos no son tontos, es que el sistema educativo del Príncipe falla estrepitosamente.

2.2.   Para él, sus súbditos se dividen en «adaptados», los que le aman y siguen incondicionalmente, e «inadaptados», los demás.

2.3.   Al Príncipe le sobran todos los inadaptados, y debe arruinar su vida —es muy ejemplarizador— sin dejarse ver.

2.4.   Y debe perseguir y atacar con saña a quienes ayuden a los inadaptados.

2.5.   La vida de sus súbditos es finita y, por tanto, también lo son su paciencia y su energía.

2.6.   Tiene que hacer que el sufrimiento y la agonía de los inadaptados sean duraderos: es mucho más doloroso y ejemplarizador.

2.7.   Si algún inadaptado consigue escapar a sus castigos y obtener algún reconocimiento, el Príncipe debe presumir de haberlo apoyado siempre.

2.8.   Por otro lado, no debe reconocer mérito alguno a ningún inadaptado: podría convertirse en ejemplo para los demás.

2.9.   Todos los súbditos deben necesitarlo, no debe permitir la independencia. Todo el mundo es prescindible menos el Príncipe.

2.10.   Para identificar inadaptados, puede hacer estupideces y fijarse en los que no lo secundan.

2.11.   También puede, para identificar inadaptados, fijarse en los que no le ríen las gracias malas.

2.12.   El sistema educativo puede ser utilizado tanto para identificar posibles inadaptados como para ir interviniendo adecuadamente en sus vidas.

2.13.   El pueblo debe «pensar» con cualquier cosa —corazón, pies— menos con la cabeza, y la ignorancia y el fanatismo son aliados principales del Príncipe.

2.14.   Es esencial identificar y vigilar a los seres bien pensantes, adaptados o no, y actuar convenientemente. Para pensar ya estás el Príncipe.

2.15.   Hay que tener en cuenta que el ser humano medio se corrompe todo lo que le es permitido.

2.16.   Si sus súbditos necesitasen corromperse un poco para sobrevivir, estarían en deuda y serán más tolerantes con él.

2.17.   Celebrando ostentosamente ciertas cosas, se contenta a los adaptados y se incomoda a los inadaptados, lo que es muy conveniente.

2.18.   Los adaptados también deben luchar contra los inadaptados, y tiene que castigarse duramente a los que no lo hagan.

2.19.   Los súbditos, cuanto más tiempo libre tengan, más problemas darán: su jornada laboral debe tenerlos bien ocupados.

2.20.   Si un castigado deja de trabajar como los demás, ya se le puede acusar de no hacer nada por el Reino de todos.

2.21.   En caso de que hubiere alguna sublevación, el Príncipe debe infiltrar adaptados para que la echen a perder subrepticiamente.

2.22.   Si un inadaptado es especialmente recalcitrante, téngaselo cinco o diez años limpiando las cuadras y de repente póngasele un día una espada en la mano y mándeselo a primera línea del frente de batalla.

2.23.   Si se inicia la persecución de un carpintero, por ejemplo, debe organizarse en paralelo una campaña en favor del sector de carpinteros.

2.24.   Pueden irse preparando y firmando papeles oficiales que puedan ser necesarios en el futuro para defenderse, pero al tiempo deben mantenerse escondidos mientras el Príncipe hace a escondidas lo contrario a lo que en ellos se escribe.

2.25.   Si alguno de los hombres del Príncipe es acusado de corrupción, debe ser ascendido, y aumentado su poder para que sea más temido.

2.26.   Es importante que el Príncipe haga parecer enfermos mentales y trastornados a los que se opongan a él.

2.27.   Si un inadaptado gana una batalla, las represalias con su entorno y con los más débiles han de ser muy fuertes; esto disuade a otros posibles futuros rebeldes.

2.28.   Si aprecia con frecuencia que sus súbditos sonríen o celebran o hacen planes o piensan en el futuro, el Príncipe puede estar seguro de que hay algo que está haciendo mal: hay aún en ellos mucha energía que no está siendo convenientemente explotada.

2.29.   Cuanto más se alarga la situación de precariedad y miseria de un inadaptado, tanto más probable es que alguna peste o hambruna lo quite de en medio.

2.30.   Cuando haya una sublevación de inadaptados, deben llevarse a cabo estrategias que desfonden y desmoralicen a los inadaptados; por ejemplo, introducir infiltrados entre ellos y hacerles cruzar andando el Reino, o hacerles dormir a la intemperie hasta que se cansen; pero si las cosas se desmadran, se hace urgente abortar la estrategia de cualquier forma y con cualquier excusa. La conclusión final de todo el mundo debe ser que siempre será imposible cambiar las cosas.

2.31.   Se debe «entretener» como sea a los súbditos con edades de entre diecisiete a treinta y cinco años: fuera de esas edades tienen menos capacidad de agrupación y de rebelión, y además suelen aceptar la realidad tal como es y como debe seguir siendo siempre.

2.32.   Fomentar la familia es muy útil para cualquier príncipe: educa a los nuevos súbditos, sirve de apoyo a sus miembros en los momentos de carestía, ayuda a sus miembros a pagar los impuestos más altos posibles y, por último, puede ser utilizada para amenazar, chantajear o tomar represalias.

2.33.   Un príncipe debe difamar y castigar a quienes, habiendo estado a su lado un día, deciden alejarse de él. Estos súbditos, por el ejemplo que dan, por las dudas sobre la idoneidad del príncipe que plantean y por las batallas internas que pueden causar, pueden llegar a ser incluso más peligrosos que los enemigos. Todo esto queda sabiamente resumido en el siguiente proverbio:

Alejárese un súbdito sin represalias, y miles dudarán del pene del Príncipe.

2.34.   Al dar limosna, el Príncipe no debe dar dos panes si el pordiosero se conforma con uno. Es preferible que tire el otro.

2.35.   Es muy útil, para tratar eficazmente a los inadaptados recalcitrantes, aislarlos de sus familias y amigos con las excusas que sean.

2.36.   Para los inadaptados debe haber una ayuda general, suficientemente pequeña para que sea compatible con el punto 2.29, que permita al Príncipe acusarlos de «morder la mano que les da de comer».

2.37.   Si el populacho se inquieta, dénsele pan y circo; si esto no es suficiente, máteselo un poquito con espadas toledanas.




Sobre la organización

3.1.   Es esencialísimo que el Príncipe cree una complicada red burocrática, porque detrás de ella podrá esconder lo que quiera.

3.2.   En el proceso final de toda tarea compleja o costosa, debe ser necesaria la firma del Príncipe.

3.3.   Si tiene que hacer una reforma y no quiere hacer una buena reforma, el Príncipe debe hacer una mala reforma.

3.4.   El sistema del Reino debe parecer democrático, porque donde parece haber ya una democracia es difícil que surja otra mejor.

3.5.   Seguir este consejo es crucial para el Príncipe: «Si quieres controlar a tu oposición, sé tú mismo tu oposición: créala y mantenla para que no aparezca otra».

3.6.   El Príncipe necesita una clase de adaptados privilegiados, que sean vigilantes y ejecutores, pero que estén desunidos entre ellos.

3.7.   El Príncipe debe gestionar los impuestos de manera que todo lo importante dependa de —y sobreviva gracias a— tu generosa aportación.

3.8.   Sólo dialogan y negocian quienes no pueden ordenar, es decir, los débiles, no el Príncipe.

3.9.   El Príncipe debe hacer que le paguen en el acto, pero él debe pagar siempre en el futuro; después, que quien quiera lo contradiga o se aleje de él.

3.10.   Es necesario acostumbrar al pueblo a las jerarquías naturales, fuertes, eternas e incuestionables. Tienen que pensar, los del pueblo, que existen por algo y que son justas y que les convienen.

3.11.   El único camino válido de hacer las cosas debe ser el oficial, el que controla el Príncipe.

3.12.   Si algunos súbditos se dedican al pensamiento y al intelecto, es porque no están suficientemente ocupados buscando casa y comida.

3.13.   Para que resalten sus cualidades, el Príncipe debe rodearse de mediocres.

3.14.   También debe apoyarse siempre en súbditos privilegiados adaptados mediocres: no cuestionan las órdenes, no aspiran a derrotar o sustituir al Príncipe, y se dedicarán a luchar eficazmente contra todo lo que no sea mediocridad controlada.

3.15.   Los súbditos deben tener dos escuelas: la familia y el Estado; dos amores: la familia y la Patria; y dos padres: el natural y el Príncipe.

3.16.   Deben fomentarse los trabajos largos y duros en sus súbditos para, en el último momento, darles tácita y sutilmente a «elegir» entre compartir dos quintas partes de los beneficios con el Reino o perderlo todo.

3.17.   El Príncipe debe hacer organizar su agenda de manera que tenga muchas actividades públicas y oficiales en los días de asueto de sus súbditos, aunque a cambio él se tome un número diez veces mayor de días libres.

3.18.   La sociedad debe estar continuamente mecida por el discurso de que los jóvenes son la esperanza y el futuro, los adultos son el presente y la fuerza, y los ancianos son el pasado y el ejemplo. Este discurso ofrece grandes ventajas y es válido en todo momento.

3.19.   La única misión de uno de los súbditos debe ser decirle cada mañana lo alto, fuerte, guapo, listo y bondadoso que es el Príncipe, así como contarle la historia esa del príncipe que tuvo un conato de sentimiento y al día siguiente amaneció sin reino.

3.20.   ¿Qué podría llegar a hacer una persona una vez que tiene cubiertas las necesidades básicas presentes y futuras? Podría tener tiempo libre, podría pensar y, lo más grave, podría incluso intentar ayudar a los demás. Por esto el Príncipe debe poner todos los esfuerzos necesarios en que lo primero no suceda.

3.21.   Cuanto peor sea el sucesor del Príncipe, más se valorará en el futuro el trabajo del Príncipe.

3.22.   Con el fin de mantenerse en forma o desechar a quienes no lo hagan, los principales cargos de la Corte —sin excepción alguna— deben someterse periódicamente al entrenamiento oficial: robar algo a los pobres, matar algunos niños, violar a algunos inadaptados o inadaptadas (¿dónde pone en la Naturaleza que esté mal?).

3.23.   Con el fin de mejorar su imagen, el Príncipe debe crear problemas latentemente para después solucionarlos muy patentemente, ante la vista del pueblo.

3.24.   Con los primeros impuestos de cada temporada, el Príncipe debe pagar sus caprichos, vicios y regalos, puesto que siempre le será más fácil volver a pedir para las cosas verdaderamente necesarias.

3.25.   Nunca debe pasar mucho tiempo sin que el Príncipe dé órdenes a sus súbditos, para que ninguna de las dos partes olvide su posición.




Sobre la Justicia

4.1.   El Príncipe debe impartir justicia sólo cuando le convenga o cuando, sin convenirle, no le quede más remedio.

4.2.   En caso de impartirse justicia, debe ser tarde; por un lado, para que el Príncipe no pueda ser acusado de no impartirla y, por otro lado, para que no desaparece el efecto ejemplarizador.

4.3.   El Príncipe puede combatir la corrupción, permitirla o alentarla, según le convenga.

4.4.   Es necesario castigar de vez en cuando a algún adaptado privilegiado, porque refuerza la imagen de justicia del Príncipe y al tiempo es ejemplarizador para los privilegiados.

4.5.   También premiar de vez en cuando a algún adaptado humilde: refuerza la imagen del régimen.

4.6.   A la vez que se castiga a un inadaptado, debe premiarse a sus compañeros adaptados más cercanos.

4.7.   Si es buena y le conviene, el Príncipe puede utilizar alguna idea de un inadaptado, pero no debe dejar de castigarlo.

4.8.   De vez en cuando es aconsejable reunir a los jueces y obligarlos a hacer alguna salvajada delante del Príncipe, para destituir a los que duden o suelten alguna lagrimita.

4.9.   Para el Príncipe, la vida de un perro debe tener mucha más importancia que la de cualquier inadaptado.

4.10.   El Príncipe debe mostrar al pueblo que esforzarse sólo da frutos cuando él quiere.

4.11.   Se tiene que prestar ayuda a los adaptados, entorpecer a los inadaptados y finalmente premiar a cada uno en función de sus resultados absolutos.

4.12.   Desde la comodidad, puede dejarse pasar el tiempo indefinidamente, esperar a que los «impacientes» se muestren y entonces acusarlos.

4.13.   Es importante que el sistema judicial funcione mal, para que los súbditos no se acostumbren a recurrir a él.

4.14.   El Príncipe debe mantener un estrecho trato personal con algunos privilegiados de los cuerpos de Seguridad y de la Justicia; de hecho, debe hacerlos hacer cosas en su vida privada con las que luego, si es necesario y conviniera, poder «dejarlos caer».

4.15.   Cuando la Justicia no le beneficiare, debe desprestigiarla y llamarla «venganza».

4.16.   En las trifulcas entre un noble y un plebeyo, el Príncipe no debe enfrentarse al noble; como mucho, pasado un tiempo y si no queda más remedio, dar una limosna al prebeyo.

4.17.   Los plazos largos, con la excusa que sea (formalismos y burocracia), siempre benefician al Príncipe, porque le da margen de tiempo para maniobrar.

4.18.   Si un súbdito está empezando a alzar la voz por alguna injusticia, cometida contra él o contra un tercero, es necesario intentar acallarlo con agasajos y prebendas.

4.19.   Los edificios y salas de Justicia deben estar diseñados de manera que empequeñezcan al súbdito, con escaleras de tal altura que lo hagan sentir ridículo al subirlas, con puertas y techos altísimos, pasillos y salones lujosísimos, asientos incómodos y más bajos que los de los jueces, etcétera.

4.20.   El Príncipe debe vigilar y espiar celosamente a todo el mundo, al tiempo que se asegura de que nadie lo vigila a él.

4.21.   El arte del castigo postergado debe ser dominada por el Príncipe, pues en ocasiones es conveniente primero premiar y agasajar a quien se pretende castigar, para después presentarle más o menos sutilmente un camino aparentemente «bien empedrado» y prometedor que en realidad termine contra una montaña o en un «precipicio», o pase por territorios sumamente peligrosos o dé vueltas sobre sí mismo.

4.22.   Si quedase más o menos probado que el Príncipe ha incumplido, desobedecido o sido injusto, debe hacer cubrir de dudas las pruebas; pero si quedase bien probado, el Príncipe debe justificar su comportamiento como un camino indeseado e incómodo para él pero necesario para el bien de sus súbditos.

4.23.   El Príncipe debe ser experto en, ladinamente, dirigir conversaciones y evaluar cuán grandes son la ignorancia e ingenuidad de sus interlocutores, así como hasta qué punto dejarían engañarse. Y en ocasiones, para que se confíen, puede ser conveniente que les hable de la maldad y el maquiavelismo de terceras personas, en lo que podría nominarse como metamaquiavelismo.

4.24.   También debe ser pródigo en palabras bonitas —¡que deben hasta llegarle a oler bien al oyente!— y palmaditas en la espalda, pero debe repartir pocas monedas.




Sobre la comunicación

5.1.   El Príncipe necesita buenos pregoneros, para cuidar mucho su imagen y la comunicación con el pueblo.

5.2.   Recuerda que el objetivo principal de un príncipe es mantenerte en el poder, y tu astucia —no sus méritos— es el medio.

5.3.   No es necesario que piense en el bien general ni trabaje sus cualidades, pero el Príncipe debe concentrarse en luchar contra los inadaptados y aparentar no hacerlo.

5.4.   Cada vez que alguien hable con él, tiene que irse con la sensación de que el Príncipe le ha perdonado la vida.

5.5.   El Príncipe debe dominar el arte de crear confusión comunicativa e informativa.

5.6.   Los sueldos de los pregoneros deben depender del Príncipe, bien sea porque se les haya acostumbrado a ello, bien sea porque las leyes prohíban que nadie más los pague.

5.7.   Es básico tomar medidas visibles contra los mensajeros de las noticias que perjudiquen al Soberano, para que los siguientes se lo piensen antes de denunciar o informar.

5.8.   En los comunicados del Reino, debe entreverse siempre la idea de que el Príncipe es el pasado, el presente y el futuro.

5.9.   El Príncipe debe dominar el arte de crear confusión comunicativa e informativa, el arte de la distración y el de ponerse de refilón.

5.10.   Intencionadamente debe preguntarse siempre a los súbditos si opinión, porque cuando vean que sus respuestas no tienen mucho valor, dejarán de darlas, mientras que el Príncipe podrá seguir presumiendo de consultar el pueblo para ayudarle lo máximo posible.




Sobre las relaciones exteriores

6.1.   Si dos príncipes vecinos están en guerra, el Príncipe debe unirse al débil si juntos vencen al fuerte; en otro caso, debe unirse al fuerte y luchar sin piedad contra el débil, para después ser respetado.

6.2.   En la guerra con el enemigo, se debe acompañar y arengar al Ejército hasta el borde mismo del campo de batalla, momento en el que algún asunto imprevisto y urgente debe requerir que el Príncipe vuelva rápidamente a Palacio.

6.3.   El mejor momento para negociar con los príncipes vecinos es cuando está débil, tiene necesidades o premuras.

6.4.   Nunca el Príncipe, y con los vecinos menos que con nadie, debe batallar en el terreno de la sensatez, la transparencia, la coherencia, el control, la previsibilidad… aunque el discurso del Príncipe debe presumir de lo contrario.


Como conclusión, el Príncipe debe dedicar la mayor parte de sus esfuerzos a aparentar y a arruinar la vida de los inadaptados. Con los más díscolos, suele ser necesario intentar que pierdan el juicio, o que al menos lo parezca: contratar a alquien que los siga ante sus ojos, hacer que pasen cosas extrañas a su alrededor, difamarlos, espiarlos, tenderles trampas, maltratarlos psicológicamente, lo que haga falta… Si lo consigue, el Príncipe podrá después mostrar su munificencia con los «enfermos» y «débiles», lo que mejora la imagen del Príncipe y humilla aún más a los enemigos.


¹ En este documento se utiliza el ambiente cortesano en alusión al libro «El príncipe», de Nicolás Maquiavelo, pero se piensa en cualquier grupo de personas gobernado, dirigido o presidido: asociaciones, empresas, países, etcétera.





David Casado de Lucas

Última actualización: Agosto de 2012